¿Más avenidas realmente reducen el tráfico?
A primera vista, ampliar calles o construir nuevas avenidas parece una solución lógica para disminuir los embotellamientos. Sin embargo, desde el urbanismo y la movilidad se ha demostrado que esto no siempre funciona así. La teoría de la demanda inducida explica que, al aumentar la capacidad vial, también aumenta el número de personas que deciden usar el automóvil.
Como señala Todd Litman, “la congestión tiende a mantener el equilibrio”. Es decir, una nueva vialidad inicialmente puede sentirse más fluida, pero con el tiempo atraerá a más conductores: personas que antes no viajaban, que usaban transporte público o que evitaban ciertos trayectos. Eventualmente, la vía vuelve a saturarse, replicando el problema original.
Este fenómeno pone en duda la idea de que más infraestructura para autos es la solución. En lugar de eliminar el tráfico, muchas veces lo redistribuye o incluso lo incrementa. Por eso, cada vez más ciudades están replanteando sus estrategias, apostando por sistemas de transporte más eficientes, integrados y menos dependientes del automóvil.
Entender este ciclo es clave para pensar en soluciones más sostenibles, donde la movilidad no dependa únicamente de expandir la red vial, sino de transformar la forma en que nos movemos dentro de la ciudad.